¿Qué se debe hacer con un individuo que escribe lo siguiente?
En Tokio, un día, me topé con unas lolitas, pero no eran unas lolitas cualesquiera, sino de esas que se visten como zorritas, con los labios pintados, carmín, rimel, tacones, minifalda… Tendrían unos trece años. Subí con ellas y las muy putas se pusieron a turnarse. Mientras una se iba al váter, la otra se me trajinaba
No contento con eso, lo firma diciendo que se jacta de ello porque “el crimen ya ha prescrito”, dado que los hechos ocurrieron en 1967.
Como se monta en los medios la de San Quintín, incluyendo la petición de que sea inmediatamente destituido en la televisión pública para la que trabaja, el pollo decide a última hora retractarse e intentar quitarle leña al asunto diciendo que “nadie se trajinó a nadie”:
Es una historia literaturizada, digamos, a partir de una anécdota trivial. Se remonta a 1967. Ya ha llovido: casi medio siglo. Fue un coqueteo sin importancia. Los jóvenes japoneses eran así. Estaban ellas, con sus amigos, a la salida del metro. Fuimos todos juntos a tomarnos un café al lado de la estación. Nadie se trajinó a nadie. Lo de los trece años era una forma de hablar. Las japonesas tienen un aspecto muy aniñado.
Se mantiene el tono digno de Torrente, pero va el mil machos y acaba soltando:
Que yo recuerde son unas cuantas frases dichas en tono jocoso. Supongo que así lo entendió [él] y así lo entendimos todos. En el libro hay cosas mucho más serias y conflictivas. Nadie les ha sacado punta. No interesan.
Hasta aquí los corta y pega. Ahora queda mi opinión.
Estamos hablando de un pederasta. Que haya cometido o no el delito del que se jactaba es importante, pero no puede usarse para acusarle de nada. Para empezar, porque como bien dice el muy cabrón en su machada original, ya ha prescrito. Sin embargo queda claro el hecho de que para él, follarse a una niña de trece años sería un lujo digno de un rajá.
Si lo escrito leyese “el viernes pasado, 23 de octubre de 2010, bajé en la madrileña estación de Principe Pío y me trajiné un par de niñas de trece años”, es decir en España y en el presente, este tío llevaría horas en dependencias judiciales. Y lo sabe.
Lo mínimo que se puede pedir es, como se ha hecho, que sea destituido de todo cargo público. Y que el mundo de la cultura, de una puta vez, ejerza un mínimo de responsabilidad y no vuelva a ser editado. Borrarle de la vida pública excepto para ponerle como ejemplo del perfecto hijo de puta que es.
Personalmente, si algún día me cruzo con este individuo y lo reconozco le daré dos hostias que le parecerán veinte, una por cada chica. Si puedo y nadie me detiene, de la patada que le daré en los cojones tendrán que ponerle un catéter para mear. Y si me descuido, puede que le abra la cabeza contra la esquina más cercana.
Y todo esto no es una amenaza pública. Es una historia literaturizada.
Por cierto, el hijo puta responde al nombre de Fernando Sánchez Dragó. Hace treinta años ganó varios premios de literatura y actualmente vive a costa de los impuestos de los madrileños, puesto a dedo por la extrema derecha de este país.